Cómo ser tú mismo: deja de escribir para gustar y encuentra tu propia voz
La autenticidad no consiste en decir todo lo que piensas. Consiste en dejar de pedir permiso antes de decir lo que de verdad importa.
Hace años publiqué algo en LinkedIn que, en mi cabeza, iba a provocar un pequeño terremoto.
Venía de una experiencia laboral difícil. Algunas personas no se habían portado bien conmigo. Hubo desprecio, situaciones injustas y algo que se parecía demasiado al bullying como para ponerle un nombre más elegante. El mundo corporativo a veces tiene estas cosas.
Me marché.
Me centré en mejorar, aprendí, cambié de entorno y terminé consiguiendo una posición mucho mejor. Había avanzado profesionalmente y ganaba más. Todo aquello que no me habían dado en un sitio lo había encontrado, multiplicado, en otro (con mucho esfuerzo por mi parte, eso sí).
Cuando lo publiqué, imaginé la escena. Pensé que aquellas personas verían la noticia y dirían:
- Madre mía. No supimos valorarlo.
Pensé que les molestaría. Que, por fin, entenderían que se habían equivocado conmigo.
¿Sabes qué ocurrió?
Nada.
Absolutamente nada.
Alguno dejó un like. La mayoría probablemente ni lo vio. Y los que lo vieron siguieron con su día, con sus problemas, con su comida, con sus reuniones y con sus propias preocupaciones.
Mientras yo llevaba meses imaginando su reacción, dándoles el privilegio de estar en mis pensamientos, ellos prácticamente ni se acordaban de mí.
Seguro que tú has vivido alguna situación similar.
La lección fue esta:
Pasamos demasiado tiempo actuando delante de personas que ni siquiera están mirando.
Y hacemos exactamente lo mismo cuando posteamos en internet. Pero aplica a todo en la vida. Porque todo es comunicación.
Escribes delante de un jurado que solo existe en tu cabeza
Abres un documento para preparar tu próxima publicación.
Tienes una idea. Sabes lo que quieres decir.Incluso sabes cómo lo dirías si estuvieras hablando tranquilamente con un amigo. Pero escribes la primera frase y algo cambia.
Empiezas a pensar en lo que dirá ese profesional al que admiras. En si tus antiguos compañeros lo considerarán una tontería. En si alguien con más suscriptores encontrará un agujero en tu argumento. En si tu familia pensará que estás haciendo el ridículo.
Borras la frase. Escribes otra más prudente.
Luego añades una palabra que nunca usarías hablando. Suena más profesional. Pero nadie habla así.
Eliminas una opinión porque podría molestar.
Añades una conclusión correcta, limpia e imposible de discutir.
Ya tienes una publicación.
El problema es que podría haberla escrito cualquiera.
No está mal escrita. Tampoco dice nada especialmente falso. Puede recibir algunos likes. Quizá alguien comente que es «muy interesante» (más sobre eso después)
El problema es que no eres tú. aunque no te conozcan, se nota.
No siempre pueden explicarlo. Nadie va a escribirte para decirte:
«He detectado una ligera incongruencia entre tu identidad, tu intención y la energía emocional de este tercer párrafo».
Simplemente no les atraerá y seguirán bajando por la pantalla.
La falsedad no siempre se descubre mediante un dato incorrecto. Muchas veces se percibe como una pequeña falta de coherencia. Lo que dices, lo que callas y lo que realmente quieres conseguir no están alineados.
Dices que quieres ayudar, pero escribes pidiendo aprobación. Dices que tienes una opinión, pero la escondes detrás de veinte precauciones. Dices que confías en ti mismo, pero cada frase parece preguntar: «¿Está bien que diga esto?».
Eso se percibe, te guste o no.
No naciste pidiendo permiso
Un bebé no tiene ningún problema para expresar lo que necesita.
Si tiene hambre, llora. Si tiene sueño, llora. Si algo le duele, se asegura de que toda la casa participe en la experiencia.
No piensa si está siendo demasiado intenso. No teme que otro bebé del vecindario tenga una marca personal más sofisticada. Tampoco busca una plantilla para comunicar su hambre con más autoridad.
Luego creces, y empiezan a aparecer las capas:
Hablas demasiado alto y alguien te riñe.
Corres demasiado y te dicen que pares.
Haces una pregunta y tus compañeros se ríen.
Expresas una idea y un profesor la ridiculiza.
Un día tus padres están agotados, reaccionan de manera injusta y tú, que todavía eres un niño, no piensas: «Mis padres están sometidos a mucho estrés y han gestionado mal esta situación».
Piensas:
«Hay algo malo en mí».
Yo soy padre. Intento hacerlo lo mejor posible, pero a veces me equivoco. Algunas veces me doy cuenta, y otras probablemente no.
La vida, y las personas, somos así.
Pero un niño no puede comprender todo el contexto. Convierte reacciones aisladas en reglas generales:
No hables tan alto.
No llames la atención.
No contradigas.
No seas tan intenso.
No muestres demasiado entusiasmo.
No digas lo que de verdad piensas.
Con el tiempo, esas reglas dejan de parecer reglas. Empiezan a parecer tu personalidad.
Te dices a ti mismo:
Que eres tímido.
Que no tienes voz.
Que no eres interesante.
Que no sabes escribir.
Cualquier otra cosa que te dices reptidamente.
Quizá (seguramente) no seas nada de eso. A lo mejor solo llevas años obedeciendo instrucciones que nadie recuerda haberte dado.
Tu problema no es la falta de voz
Mucha gente intenta encontrar su voz, su personalidad, su confianza, aprendiendo más técnicas.
Lee sobre escritura persuasiva, estudia títulos, copia estructuras, analiza publicaciones virales, prueba nuevos formatos, lee autoayuda para se más elocuente, más confiado, y tener mejores hábitos, etc.
Todo eso está bien, puede ayudar. Yo mismo creo en aprender, practicar y mejorar el trabajo exterior. Pero existe un límite.
Puedes aprender a colocar mejor los muebles de tu casa, y está de p.. madre, ganarás espacio. Pero no puedes resolver así un problema en los cimientos de tu casa.
Hay una metáfora en el libro Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva que lo explica muy bien:
Imagina que estás en Madrid, pero llevas un mapa de Buenos Aires.
Puedes caminar más deprisa. Puedes levantarte antes. Puedes mantener una actitud excelente y repetir que confías en el proceso.
Sigues teniendo el mapa equivocado.
Tu problema no es la intensidad del esfuerzo, sino la dirección.
Lo mismo ocurre cuando intentas construir una voz pública desde una identidad creada para conseguir aprobación. Puedes publicar todos los días, aprender técnicas y mejorar tus métricas. Pero si cada texto nace de la pregunta «¿Qué tengo que decir para que me quieran?», seguirás utilizando el mapa equivocado.
Tu voz no aparece cuando añades algo nuevo. Aparece cuando dejas de ocultar lo que ya estaba allí.
Lee la frase anterior otra vez
¿Le darías el volante del coche a un niño pequeño?
Imagina que vas a hablar con alguien a quien consideras importante.
Puede ser una persona con más dinero, más experiencia o más seguidores. Alguien a quien has colocado, consciente o inconscientemente, seguramente ambos, por encima de ti.
Tu cuerpo reacciona. Te tensas. Hablas de una manera diferente. Es normal, nos pasa a todos.
Intentas parecer más inteligente. Te ríes demasiado. Estás pendiente de cada gesto. En lugar de escuchar, evalúas constantemente si estás causando una buena impresión.
La otra persona percibe esa tensión y empieza a tratarte de acuerdo con el estatus que tú mismo le has concedido.
Tú detectas su reacción y te pones todavía más nervioso. Has creado una profecía que se autosatisface.
Eso también sucede cuando publicas, cuando vendes, cuando vas a una entrevista de trabajo, o cuando ligas.
Si seguimos con el ejemplo de publicar contenido, tu lector se convierte (tú lo conviertes) en una figura de autoridad. Intentas impresionarlo y, al intentarlo, pierdes la naturalidad que podría haber generado una conexión real.
Detrás de esa reacción suele haber una parte de ti que intenta protegerte.
Puedes llamarla inseguridad, condicionamiento o niño interior. El nombre importa menos que su función.
Esa parte piensa: «Si mostramos quiénes somos, podrían rechazarnos».
No odies a esa parte. Está intentando evitarte dolor.
Pero entregar el control a esa parte es como dejar que un niño pequeño conduzca tu coche. Puede quererte muchísimo. Puede estar convencido de que está protegiéndote. Si ve otro vehículo acercarse, quizá dé un volantazo o intente saltar en marcha.
No tiene mala intención. Simplemente no debe conducir.
La próxima vez que notes que estás modificando tu voz por miedo, detente, y pregúntate:
¿Quién está conduciendo ahora: el adulto que elige o el niño que se protege?
Si es el niño, dale las gracias por querer protegerte, vuelve tú a tomar el volante.
Esa pausa cambia mucho más que cualquier truco de escritura.
Busca la creencia que está detrás de la frase
Cuando tapas tu verdadero ser, no escuchas una voz que diga: «Estoy eliminando esta opinión porque temo que una persona con más estatus me rechace». Sino que escuchas, te dices a ti mismo, algo más razonable:
«Esta frase quizá no aporta suficiente valor».
Puede que alguna vez sea verdad. Pero por si acaso, pregúntate, en varios niveles:
¿Por qué no quiero publicar esto?
- Porque alguien podría criticarme.
¿Por qué me preocupa esa crítica?
- Porque podría quedar como alguien que no sabe.
¿Y qué significaría eso?
- Que perdería credibilidad.
¿Y qué creo que ocurriría entonces?
- Que nadie querría leerme, contratarme o comprarme.
Al final de muchas de estas cadenas aparecen los mismos temores: no ser suficiente, fracasar, ser rechazado o quedarse solo.
Prueba a hacerte la misma pregunta cuando notas que eres tímido o cuando en una situación social no reaccionas como querías.
Y no basta con entender esto intelectualmente. Hay que observarlo cuando aparece.
Yo suelo notar ciertas emociones entre el pecho y el estómago. Otras personas las sienten en la garganta, los hombros o la mandíbula.
Cuando aparezcan, prueba a no expulsarlas inmediatamente. No cojas tu móvil. No busques una distracción. Quédate quieto.
Deja que la sensación esté ahí durante un momento. Experimenta la emoción.
Las emociones se vuelven más pesadas cuando intentamos retenerlas o combatirlas. Cuando las dejamos pasar, pierden parte del control que ejercen sobre nuestras decisiones.
Después de procesarla, vuelve al punto en el que estabas, creando el contenido. Verás que tu voz verdadera, regresa a ti.
Ser tú mismo no significa decir todo lo que piensas
Quiero aclarar algo.
Algunas personas interpretan la autenticidad como una licencia para actuar sin criterio.
«Yo soy así». «Digo lo que pienso». «Al que no le guste, que se aguante».
Eso no es autenticidad. Muchas veces es falta de autocontrol y de calibración disfrazada de valentía.
Ser tú mismo no significa gritar en un funeral porque normalmente hablas alto. Significa poder bajar la voz porque has leído la situación y has decidido hacerlo.
La diferencia está en quién elige.
Puedes mostrar un diez por ciento de ti en el trabajo, un sesenta por ciento con determinados amigos y un noventa por ciento con tu pareja. Pero lo que muestras, es verdadero, y lo eliges tú.
También ocurre al escribir y vender. No tienes que publicar cada miedo, cada discusión familiar ni cada parte de tu vida. No le debes intimidad a tu audiencia (aunque hay gente que piensa que sí).
Pero lo que decidas compartir debe proceder de un lugar verdadero. Esa es la sutil diferencia.
Puedes hablar de las ventajas de un producto sin contar cada detalle de tu negocio. Puedes defender una idea sin convertir tu vida en un reality show. Puedes seleccionar lo que enseñas sin fabricar una identidad.
La persona real dice: «Esto es mío y elijo no compartirlo».
La falsa dice: «Voy a mostrar algo que no soy para provocar una reacción».
Te dejo esta sección con una reflexión: si tienes algo que ofrecer, privar al mundo de ello, es un acto cobarde y egoísta.
La gente no quiere tu versión vainilla, quiere tu color y tu sabor natural. No les prives de ello.
La falsa confianza es una armadura para un niño asustado
Después de detectar su inseguridad, mucha gente intenta resolverla mediante fuerza bruta:
Endereza la espalda.
Habla más fuerte.
Publica opiniones extremas.
Adopta una personalidad dominante.
Se repite: «Tengo confianza, tengo confianza, tengo confianza».
Te repito, mejor eso que nada, pero eso no va a solucionar el problema, aunque funcione durante un tiempo. Si no has trabajado lo que ocurre debajo, solo has puesto una armadura sobre el mismo miedo.
La persona que tiene confianza de verdad no está pensando constantemente en parecer confiada.
De nuevo, lee la frase anterior otra vez
Es por esto que se nota tanto la diferencia entre la seguridad y su imitación.
Esto no significa que debas esperar a resolver toda tu vida antes de publicar. Nadie termina ese trabajo. Cambiamos, aparecen nuevos retos y descubrimos nuevas capas.
Puedes (y debes) actuar antes de sentirte completamente preparado. Pero no confundas una acción valiente con una transformación terminada. Construye la casa y, al mismo tiempo, fortalece los cimientos.
Deja de pedirle comida a la gente
Imagina que no tienes manos y dependes de otras personas para comer. Cada día necesitas encontrar a alguien que te dé comida.
Cuando una persona accede, no puedes relajarte. Mañana volverás a tener hambre. Necesitas que se quede. Necesitas agradarle. No puedes permitirte que se enfade.
Presta atención a la cursiva. Tu relación con ella nunca será libre, porque restará construida sobre la necesidad.
Eso ocurre cuando dependes de otras personas para sentir que vales algo.
Un like te alimenta durante unos minutos, una venta te calma, un comentario positivo te permite respirar.
Pero mañana volverás a necesitar otra dosis.
Entonces empiezas a perseguir a la gente, cambias tu opinión para conservarla, publicas lo que crees que premiará. Interpretas un mal resultado como una evaluación de tu valor personal.
El resto del mundo percibe esa necesidad. Igual que la percibimos cuando alguien intenta gustarnos con demasiada fuerza (¿a que tú lo notas?)
La alternativa no consiste en fingir que el dinero, las ventas o los seguidores no importan. Importan. Son resultados reales y, en un negocio, necesitas medirlos.
Pero siguiendo con el ejemplo, no hagas que sean tus manos. Tienes que aprender a alimentarte tú solo primero: respetar tu trabajo, reconocer tu criterio y decidir tu valor antes de abrir el panel de estadísticas.
Después puedes sentarte a comer con otras personas, si ellas y tú queréis, sin exigirles que te mantengan vivo.
Eso de la media naranja, es una falacia. No necesitas una media naranja. El mejor zumo se hace con naranjas completas.
No confundas cumplidos con resultados
Esta parte me gusta especialmente. Existe otra forma de engañarnos:
Alguien te dice que tu producto, tu Substack es fantástico, pero no compra. No se suscribe.
Otro asegura que tu contenido es brillante, pero nunca lo comparte, ni lo comenta.
Alguien te explica que quiere trabajar contigo, o que le gustaría comprarte o suscribirse, pero ahora no puede. Quizá después del verano. O cuando termine un proyecto. O cuando los planteas se alineen de una determinada manera.
Puede estar siendo amable, o puede creer sinceramente lo que dice. La mayoría de las veces es ambas cosas.
Pero un cumplido no es una venta, un like no es dinero en tu cuenta, y una promesa no es un cliente.
El problema es que los cumplidos son gratis. Si valieran dinero, no te darían tantos.
Ser auténtico también exige actuar sobre los hechos en lugar de construir historias agradables.
Por ejemplo, un amigo lee tu mensaje y no responde durante varias horas. Dos ticks azules. Ese es el hecho.
«Está enfadado conmigo», «he dicho algo mal», «ya no me respeta» y «voy a quedarme solo» son interpretaciones. ¿Te suena?
Siempre interpretamos. El problema empieza cuando olvidamos que lo estamos haciendo. Trabaja con la realidad disponible.
Si una publicación no funciona, el hecho es que no consiguió la respuesta esperada. Eso no significa que no tengas voz, ni demuestra que nadie quiera leerte. Tampoco prueba que el algoritmo tenga una conspiración personal contra ti.
Observa, aprende y vuelve a crear.
Y métetelo en la cabeza: tu valor no depende nunca, de ninguna manera, de una reacción externa. Procede de ti. Es puramente interno. Si te quiere y te respetas a ti mismo, y actúas con buena intención y con congruencia, NADA puede restarte valor con su reacción, aunque otros así lo crean, o te lo quieran hacer creer.
Perdona a quienes ya no están pensando en ti
Como te decía al principio, durante demasiado tiempo utilicé a aquellas personas de mi antigua experiencia profesional como público imaginario. Parte de mi progreso seguía dirigido hacia ellas. Quería demostrarles algo. Pero no estaban mirando.
Perdonar, ni en este contexto, ni en ningún otro, no significa decidir que actuaron bien. Tampoco exige recuperar el contacto, confiar en ellas o desear que vuelvan a tu vida. Significa dejar de ofrecerles espacio gratuito en tu cabeza.
El resentimiento se filtra. Se nota en una conversación, y en un texto. Y también cuando una persona dice que quiere ayudar, pero en realidad está intentando ajustar cuentas con alguien del pasado.
Y a nadie le gusta un resentido.
La ira puede cumplir una función. El miedo también. Pueden avisarte de que algo debe cambiar, pero no son buenos lugares para construir una vida. Deja que hagan su trabajo y sigue avanzando hacia emociones más útiles: calma, esperanza, amor por el trabajo, curiosidad y fe en que puedes aprender.
Deja de escribir, o de hablar, o de actuar, con alguien agarrándote del cuello desde el pasado.
Tienes un sabor que no existe en otra heladería
Lo he mencionado antes.Muchos creadores intentan convertirse en vainilla.
Claro, es normal, la vainilla funciona. Es reconocible, no molesta demasiado, a casi todo el mundo le gusta. También puede encontrarse en cualquier heladería.
Tú tienes un sabor que no existe en ningún otro sitio. Está hecho de tus experiencias, tus contradicciones, lo que has aprendido, las dificultades que has atravesado y la manera concreta en la que interpretas el mundo.
Nadie puede reproducir esa combinación.
Sin embargo, decides esconderla porque quizá no guste a todo el mundo.
Y sí, Tienes razón. No gustará a todo el mundo. Y NO PASA NADA. ¿Acaso a ti te gustan todas las personas con las que te cruzas?
Una voz reconocible atrae a determinadas personas y aleja a otras. La alternativa es sonar aceptable para todos y resultar inolvidable para nadie.
He creado una audiencia online aquí y en X. Tras más de quince años de carrera profesional, una de las cosas que más claras tengo es que las personas no conectan únicamente con la información. Conectan con la forma concreta en la que una persona ha llegado a comprenderla.
La información puede copiarse. Hoy en día está al alcance de todos, es una commodity. Pero Tu recorrido no.
Tus suscriptores pueden encontrar cientos de consejos sobre creación de contenido, desarrollo personal o dinero. Lo que no pueden encontrar en otro lugar es tu manera de unir esas ideas.
Ese es tu valor. No necesitas inventarlo. Necesitas dejar de cubrirlo.
La confianza que viene ahora no será la de antes
A veces pensamos en una época pasada y decimos:
«Antes tenía confianza. Quiero recuperarla».
No puedes. Esa persona ya no existe.
Han cambiado tus circunstancias. Has vivido cosas que entonces no habías vivido. Algunas te han fortalecido y otras te han hecho dudar.
No puedes regresar a aquella confianza, pero puedes construir otra que sea más consciente y menos ingenua. Y más difícil de derribar.
No necesitas volver atrás. Necesitas partir desde donde estás.
Pregúntate cómo actuaría hoy la persona que quieres ser. No la que eras antes de que ocurrieran ciertas cosas. No la que impresionaría a quienes te hicieron daño.
La que quieres ser ahora. Y después actúa una vez como ella.
Y publica el texto. Da la opinión con respeto. Ofrece el producto. Dile a esa persona lo que le quieres decir y te estás guardando.
Y Acepta que alguien puede rechazarte. No juegues a controlar la reacción.
Tu responsabilidad termina en la calidad de tu intención, tu trabajo y tu conducta. Lo que haga otra persona también dependerá de su historia, sus miedos, sus preferencias y el día que haya tenido.
Tú no eres Dios.
Es una mala noticia para tu ego y una noticia excelente para tu tranquilidad.
La pregunta que importa. Un ejercicio tremendo
Imagina por un momento que…



